me entendía sin necesidad de muchas palabras.
La última noche, Michael me invitó a un restaurante acogedor y me dijo con una sonrisa misteriosa que había preparado una pequeña sorpresa para mí.
Apenas habíamos entrado cuando un empleado del restaurante lo reconoció inmediatamente y lo saludó como a un cliente habitual. Me sorprendió, porque me había asegurado que nunca había estado en ese establecimiento.
En ese momento, sonó su teléfono. Se disculpó, me dijo que volvería en unos minutos y salió.
Pasaron unos minutos, pero seguía sin volver.
Una extraña inquietud se apoderó de mí. Decidí ir a buscarlo y avancé discretamente.
Desde el patio interior, escuché su voz. No estaba solo.
Di un paso más… y me quedé paralizada de estupor…
A los 67 años, decidí por primera vez salir con un hombre que había conocido en el extranjero.
