Aquella mañana, mientras desayunaban, Alejandro leyó un mensaje de Rebeca y dio la orden sin siquiera levantar la vista del teléfono.
—Rebeca necesita tu tarjeta. Le rechazaron un pago.
—No —respondió Valeria con firmeza—. Ya le presté dinero tres veces y nunca me devolvió un solo peso.
Alejandro golpeó la taza contra la mesa.
—No te lo estoy pidiendo.
—Y yo no estoy negociando.
Fue entonces cuando el café salió volando.
