El grito de Ramira resonó contra las frías paredes de hormigón de la sala de visitas, sacudiendo algo en el interior de cada persona presente.

Ramira se puso de pie bruscamente, con el pánico reflejado en su rostro.

“¡Se está asegurando de que muera!”, gritó. “¡Quiere que la verdad quede enterrada para siempre!”

Los guardias miraron a Méndez en busca de instrucciones.

El coronel permaneció en silencio durante varios segundos, con la mirada fija en la niña que estaba de pie junto a la mesa.

Tras treinta años en la administración penitenciaria, había aprendido una cosa por encima de todas las demás.