Le pregunté:
—Entonces, ¿por qué permaneciste en mi vida otros doce años?
Durante mucho tiempo no respondió.
Finalmente dijo:
—Porque ya había perdido mi matrimonio. Había perdido a Michael. Si también te perdía a ti, no me quedaría nada. Y sí, fue egoísta.
Por primera vez no estaba buscando excusas.
Susan me contó que, con los años, la vergüenza que sentía cada vez que me miraba se había vuelto más pesada que el propio secreto.
Cuando Michael enfermó, ella había decidido contármelo inmediatamente.
Pero Michael le pidió que esperara.
Tenía miedo de pasar los últimos meses de su vida viendo cómo nuestra familia se destruía.
Y Susan aceptó.
Una vez más, habían tomado la decisión por mí.
Me puse de pie y abrí la puerta de la habitación del hotel.
Susan entendió.
Ella también se levantó.
Cuando llegó al umbral, se dio la vuelta.
—Ayer dije que sería nuestra última foto como amigas porque sabía que, después de hoy, nunca volverías a llamarme amiga.
La miré.
Treinta y siete años de recuerdos pasaron por mi mente.
Dos niñas pequeñas en el patio de una escuela.
Nuestro primer baile escolar.
Mi boda.
El nacimiento de mis hijos.
El funeral de mi madre.
La última noche de Michael en el hospital.
Y Susan estaba presente en cada uno de aquellos recuerdos.
Pero ahora cada recuerdo parecía tener dos versiones diferentes.
La que yo había conocido.
Y la que realmente había ocurrido.
Solo dije una cosa:
—Tenías razón. Esa fue nuestra última foto.
Se marchó.
Han pasado seis meses desde aquel día.
No hemos vuelto a hablar.
Me ha enviado dos cartas.
No he respondido ninguna.
Pero lo más extraño es que todavía no he borrado nuestra última foto.
A veces la abro y me quedo mirando durante mucho tiempo nuestros rostros sonrientes.
En aquella imagen, yo sigo siendo la mujer que cree que la persona que está sentada a su lado es la amiga más leal que ha tenido en toda su vida.
Y Susan ya sabe que, apenas unas horas después, toda esa vida va a cambiar.
A veces la gente me pregunta si algún día podré perdonarla.
